martes, 21 de abril de 2015

Cuando Cristo dejó perplejos a sus enemigos.

 Las doctrinas de Cristo desagradan a los infieles saduceos y a los fariseos y
herodianos. Él lleva las grandes verdades de la resurrección y el estado futuro más allá de lo que se
había revelado hasta entonces. No hay modo de deducir del estado de cosa
s en este mundo lo que
acontecerá en el más allá. La verdad sea puesta a la luz clara y se manifieste con toda su fuerza.
Habiéndolos silenciado de este modo, nuestro Señor procedió a mostrar la verdad de la doctrina de
la resurrección a partir de los libros de Moisés. Dios le declaró a Moisés que era el Dios de los
patriarcas que habían muerto hacía mucho tiempo; esto demuestra que ellos estaban entonces en un
estado del ser capaz de disfrutar su favor y prueba que la doctrina de la resurrección es claramente
enseñada en el Antiguo Testamento y en el Nuevo. Pero esta doctrina estaba reservada para una
revelación más plena después de la resurrección de Cristo, primicia de los que durmieron. Todos los
errores surgen de no conocer las Escrituras y el poder de Dios. —En este mundo la muerte se lleva a
uno tras otro y así, termina con todas las esperanzas, los goces, las penas y las relaciones terrenales.
¡Qué desgraciados son los que no esperan nada mejor más allá de la tumba!
Un intérprete de la ley preguntó algo a nuestro Señor para probar no tanto su
conocimiento como su juicio. El amor de Dios es el primer y gran mandamiento, y el resumen de
todos los mandamientos de la primera tabla. Nuestro amor por Dios debe ser sincero, no sólo de
palabra y lengua. Todo nuestro amor es poco para dárselo, por tanto todos los poderes del alma
deben comprometerse con Él y ejecutados para Él. —Amar a nuestro prójimo como a nosotros
mismos es el segundo gran mandamiento. Hay un amor propio que es corrompido y raíz de los
pecados más grandes y debe ser dejado y mortificado; pero hay un amor propio que es la regla del
deber más grande: hemos de tener el debido interés por el bienestar de nuestra alma y nuestro
cuerpo. Debemos amar a nuestro prójimo tan verdadera y sinceramente como nos amamos a
nosotros mismos; en muchos casos debemos negarnos a nosotros por el bien del prójimo. Por estos
dos mandamientos moldeen, nuestro corazón.
. Cuando Cristo dejó perplejos a sus enemigos, preguntó qué pensaban del Mesías
prometido. ¿Cómo podía Él ser el Hijo de David y, sin embargo, ser su Señor? Cita el Salmo cx, 1.
Si el Cristo iba a ser un simple hombre, que sólo existiría mucho tiempo después de la muerte de
David, ¿cómo podía su antepasado tratarlo de Señor? Los fariseos no pudieron contestar eso. Ni
tampoco resolver la dificultad, a menos que reconozcan que el Mesías sea el Hijo de Dios y el
Señor de David igualmente que el Padre. Él tomó nuestra naturaleza humana y, así, se manifestó
Dios en la carne; en este sentido es el Hijo del hombre y el Hijo de David. —Nos conviene sobre
todo indagar seriamente: “¿qué pensamos de Cristo?” ¿Es Él completamente glorioso a nuestros
ojos y precioso a nuestros corazones? Que Cristo sea nuestro gozo, nuestra confianza, nuestro todo.
Que diariamente seamos hechos más como Él, y más dedicados a su servicio Cuando usted reconozca al buen pastor, ¡sígalo! Amen!Gloria a Dios