Sacerdotes y pueblo por igual rechazaban el conocimiento; Dios los rechazará justamente. Ellos olvidaron la ley de Dios; tampoco desearon ni se propusieron retenerla en la mente y transmitir su memoria a la posteridad; por tanto, Dios los olvidará justamente a ellos y sus hijos.
Si deshonramos a Dios con lo que es nuestra honra, tarde o temprano, se convertirá en vergüenza para nosotros. En lugar de advertir al pueblo contra el pecado, a partir de los sacrificios, que mostraban qué ofensa era el pecado para Dios, puesto que necesitaba una propiciación, los sacerdotes estimularon al pueblo a pecar, puesto que podía hacerse expiación a tan bajo costo. Muy malo es complacerse con los pecados del prójimo, porque pueden anular nuestra ventaja. Lo que es ilegalmente obtenido no puede usarse con tranquilidad.
El pueblo y los sacerdotes se endurecieron en pecado mutuamente; por tanto, compartirán justamente el castigo. Los partícipes de pecado deben esperar ser partícipes de la destrucción.
Toda lujuria abrigada en el corazón corroerá en su momento toda su fuerza y vigor. Esa es la razón por la cual muchos profesantes de la fe se tornan tan pesados, tan torpes, tan muertos en la senda de la religión. Toman placer en alguna lujuria secreta que les roba el corazón.