Los ídolos y sus adoradores llegarán a nada, pero los que confían en la gracia de Dios serán llevados a disfrutar del cielo. Con el Señor no hay principio de días ni fin de vida, ni cambio de tiempo. Su nombre es santo y todos deben conocerlo como santo Dios. Tendrá tierno cuidado de quienes reflexionan en su condición y temen su ira. Hará su morada en aquellos cuyo corazón ha humillado para vivificarlos y consolarlos. Cuando los problemas duran mucho aun los hombres buenos son tentados a pensar mal de Dios. Por tanto, Él no contenderá para siempre, porque no abandonará la obra de sus manos ni derrotará lo comprado por la sangre de Su Hijo.
La codicia es un pecado que pone en particular a los hombres bajo el desagrado divino. Véase la pecaminosidad del pecado. Véase también que los problemas no pueden reformar a los hombres a menos que la gracia de Dios obre en ellos.
Se publicará paz, la paz perfecta. Frutos de labios que predican y oran. Cristo vino y predicó paz a los gentiles y a los judíos; a épocas futuras aún lejanas en el tiempo, y a los de su misma era.
Pero los impíos no quieren ser sanados por la gracia de Dios, por tanto no serán sanados por sus consolaciones. Sus concupiscencias y pasiones sin gobierno los hacen como el mar tempestuoso. También, los temores de conciencia les turban sus goces. Dios lo dijo, y no puede todo el mundo desdecirlo: no hay paz para los que se permiten cualquier pecado. Si somos recuperados de un estado tan espantoso, es sólo por la gracia de Dios. La influencia del Espíritu Santo y el nuevo corazón del cual brota alabanza agradecida, fruto de nuestros labios, son su dádiva. La salvación, con todos sus frutos, esperanzas y consuelos es obra suya y toda la gloria le pertenece. No hay paz para el impío, pero deje el impío su camino y el inicuo sus pensamientos; y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia y al Dios nuestro que será amplio en perdonar. AMEN